viernes, 8 de enero de 2016

PEREGRINOS

1950. Vámonos a la ciudad de México, le dijo su esposo, es una ciudad llena de grandes edificios. Sin embargo, a medida que el tren se acercaba a San Lázaro, lo único que sus ojos veían era un mar infinito de techos de cartón al tiempo que oía al hombre del tren gritar: Ciudad de México, Ciudad de México. Su pecho se llenó de tristeza. ¿Este era México?

Bajaron del tren. Las calles que rodeaban la estación de San Lázaro estaban llenas de barro, niños semidesnudos correteando, perros y cientos de casuchas de cartón y madera de desecho. Caminaron y caminaron. Era claro que su marido no sabía dónde vivía su hermano. Su miedo crecía en su pecho hasta que oyó la voz de una niña. Tío, tío. Allí, junto a una llave de agua, una niña flaca y andrajosa les gritaba. Era una de las hijas del hermano de su marido. Gracias Dios, musitó. Pero su alegría no pudo llenarse en su pecho. La casucha de su hermano no podía albergarlos. A pesar de ello, pasaron varios días allí, hacinados y sufriendo el ataque de las pulgas.

¿Dios se había olvidado de ellos? Ciertamente, no. Un día su marido regresó con una buena noticia. Ya tenía trabajo... y una casa. Bueno, no era propiamente una casa, sino un par de cuartitos al fondo de una vecindad, pero al menos era de mampostería y lo mejor, para ellos solos, es decir, para ellos dos y para sus dos hijos. Y el domingo en la iglesia, un edificio grande, limpio, de grandes ventanas, los recibieron como si los estuvieron esperando. Bueno, en verdad, sí los estaban esperando. La vida empezaba a sonreírles. Dios, sí, Dios, no se había olvidado de ellos, a pesar de que pasarían todavía por pruebas amargas, pero esta familia, su familia de la fe. los sostendría... ellos eran las manos de Dios, ese Dios que los amaba tiernamente, a ellos, que eran el más pequeño grupo de peregrinos que encontraban a sus hermanos, otros tantos peregrinos que alababan a Dios con alegría.

jueves, 7 de enero de 2016

LA TROMPETA DE DIOS

Es apenas un niño de 4 años. Observa detenidamente el cielo azul, parece extasiado por su intensidad, su profundidad. No sabemos si levantó su mirada algún globo perdido o un avión que surcó el firmamento. En ese momento ya no hay nada que detenga la mirada de niño, sin embargo él sigue observando el cielo.  Su madre lo observa, mientras prepara la comida. Ya van varias veces que lo ha descubierto en esa actitud contemplativa. De pronto, entra a la habitación. Se oye que revuelve objetos de plástico. Seguramente busca un juguete. De pronto aparece de nuevo en el pasillo rumbo a la puerta. Lleva una trompeta de plástico en las manos. Se detiene en el vano de la puerta y decidido coloca la embocadura de la trompeta en los labios y empieza a tocar con entusiasmo. A su madre le llama la atención ese concierto de pitidos monocordes. Deja por un momento la cazuela, y si dirige al niño y le pregunta:
     --¿Qué haces?
     El niño detiene su actividad musical, mira a su madre con un brillo especial en la mirada.
     --Le estoy tocando a Dios.
   No esperaba esa respuesta. El niño vuelve a su trompeta y sigue tocando. Su madre regresa lentamente a sus quehaceres pensando en cómo pueden los niños encontrar maneras tan sorprendentes de alabar a Dios.

martes, 5 de enero de 2016

TIEMPO PERDIDO

Su hija acababa de entrar al quirófano. Minutos antes ella le había dicho que tenía miedo. Él quiso consolarla, decirle algunas palabras de la Biblia, pero se detuvo.¿Él las creía? Se contestó con sinceridad: no. Entonces cómo le iba a pedir a su hija que creyera lo que él durante toda su vida no había aceptado, a pesar de que fue instruido por su madre en la fe de Cristo. Y su padre, nonagenario, murió en paz, en espera --como él dijo antes de morir-- en el reposo de su señor. ¿Saldría bien su hija de la operación? Tuvo miedo. Desesperado fue al baño y allí, junto a la taza, se arrodilló. "Enséñame Dios a creer y confiar en ti. He perdido 60 años viviendo lejos de ti. Haz que mi hija salga bien."

Se sentó en la sala de espera. Un canto de aquella época de la escuela dominical vino a su memoria: "Cristo ama a los niños..." y recordó a su hija de niña gritándole que le viniera a leer la Biblia. Ella ya no es una niña... por fuera... por dentro, sí lo es, a pesar de sus 40 años". Sonrió. "Cristo la ama, se dijo, y todo va a salir bien."Cerró lo ojos y se sintió reconfortado.

sábado, 8 de marzo de 2014

EL PROBLEMA DE LA FE

Le dijeron que era más fácil creer que pensar. Lo creyó, pero cuando al borde del precipicio quiso dar un paso se dio cuenta que en realidad era mas difícil creer. ¿Podía confiar en que Dios le iba a ayudar a salir del trance? La situación no parecía tener salida. Entonces se acordó de ese padre que llegó ante Jesús rogándole que sanara a su hijo, pues los discípulos de Jesús no habían podido. Jesús le preguntó "¿Crees? Al que cree todo puede". Y el hombre respondió: "Creo, ayuda a mi incredulidad". Y él, necesitaba ayuda urgentemente, necesitaba creer.

martes, 4 de marzo de 2014

DESDE LA VENTANA

Los veía pasar desde su ventana, con sus mejores ropas y su libro bajo el brazo. Fanáticos, pensaba, en pleno siglo XX y aún creyendo esas patrañas. Y que no se atrevieran a tocar a su puerta porque los llenaba de insultos. Hay quienes aguantaban más, o quienes se iba de inmediato.

Pasaron los años. Sus sueños se fueron haciendo añicos. Y en el ocaso de su vida, cuando diversos sucesos trágicos lo llevaron a un hospital encontró a alguien que en condiciones similares a las suyas parecía estar en un lugar placentero. ¿De donde nacía su sonrisa? Una noche cuando el dolor se hizo muy agudo y las enfermeras desaparecieron, este hombre, arrastrando su pobre cuerpo, le suplió sus necesidades. Cuando el dolor amainó, hablaron, hablaron. Y descubrió qué fuerza sostenía a ese hombre, descubrió ese algo que le daba sentido a su vida, y que él no tenía. Y esa misma noche tomó una decisión que en otros tiempos hubiese sido impensable. Cansados, cada uno se acomodó en sus camas a dormir.

Cuando despertó, ya era casi mediodía. Buscó a su compañero. No estaba. Una enfermera le informó que había muerto. ¿Cómo, si él estuvo ayudándole noche? Imposible, le dijeron, el señor ya estaba bastante grave. Se sintió triste, pero se animó recordando su vitalidad, su alegría.

Y aunque parecía que él iba a seguir el camino de su amigo (a quien no tuvo la delicadeza de preguntarle su nombre), se recuperó. Cuando salió del hospital se compró uno de esos libros que antes criticaba.

Un domingo, mientras caminaba a la iglesia, vio a alguien que lo observaba con desprecio desde una ventana. Sonrió con tristeza recordando esa época en la que él estaba detrás de una ventana.

domingo, 2 de marzo de 2014

HAGAN ESTO EN MEMORIA DE MI

Era de madrugada, la luz se apuntaba en el horizonte. De pronto, el camión se detuvo en medio del campo. ¿Por qué nos detenemos? Nadie sabía. Los dirigentes los apuraban a bajar. Dejaron el camión en la cuneta de la carretera y caminaron por un campo solitario. El frío se colaba entre el tejido de estambre, bajo los pantalones y entumía las orejas. Los hicieron que se acomodaran en un circulo. En el centro extendieron un mantel y pudieron una botella de vino y panes. Partieron los panes y llenaron unas copas. Y allí, inusitadamente, empezaron a entonar un canto. El sol lanzó su primer rayo de ese domingo que empezaba con un canto de alabanza a Dios. Oraciones, alabanzas, cantos, lecturas de pasajes bíblicos se sucedieron y transformaron un campo solitario en un templo. En su corazón, el deseo de construir una enramada para quedarse allí, mucho más tiempo, allí donde se sentía nítidamente la presencia del nazarenos y ganas daban de quitarse los zapatos.

Las copas empezaron a circular y cada quien tomaba un sorbo de vino y un trozo de pan. En parajes como estos debió muchas veces Jesús enseñarle a sus discípulos. De golpe, habían regresado en el tiempo 20 siglos.

Cuando terminaron se levantaron en silencio y regresaron en autobús. Durante mucho rato permanecieron en silencio, sabían, todos sabían que Él había estado allí, en ese campo.



jueves, 27 de febrero de 2014

Y TODO, POR LA MÚSICA


Caminaba ese domingo sin rumbo por una ciudad. La música de la última fiesta en que había tocado aún resonaba en su cabeza. Oyó de pronto unos cantos. No conocía esa música. A medida que avanzaba el canto se iba haciendo más y más nítido y más fuerte. Se detuvo frente a una puerta de la cual salía ese canto. La música era hermosa y la letra, la letra… ¿de qué hablaba? Entró. Hasta que estaba a varios metros de la entrada advirtió que era una iglesia, una iglesia cristiana. Su alma de músico se conmovía, pero la letra buscaba penetrar más adentro que los sentidos y se abrió paso hasta desatar en él un incompresible sensación de haber sido encontrado. A partir de entonces, la otra música, con la que se ganaba la vida, se fue apagando lentamente.